Periodismo cultural radial del siglo XXI: algunas reflexiones

En 2016 Claudia Amengual, con motivo de su libro sobre Jaime Clara y "Sábados Sarandí", invitó a varios comunicadores como Carlos Rehermann, Emma Sanguinetti o quien suscribe, a reflexionar sobre el oficio. Estas son algunas reflexiones que intentan (lo que no quiere decir que lo logren) una mirada de largo aliento sobre la evolución de los medios en los últimos 25 años, con el cambio en canales, comunicadores y destinatarios, en particular sobre en el periodismo cultural que se desarrolla en la radio uruguaya.



 Periodismo cultural radial del siglo XXI: algunas reflexiones

Es difícil abordar una idea o visión sobre el actual periodismo cultural radial sin un rodeo previo que, en mi caso –y pido disculpas por tamaño flashback– me retrotrae casi tres décadas, a los primeros años ’90, cuando estudiaba Ciencias de la Comunicación. En aquellos años accedíamos a múltiples análisis que intentaban prever por dónde y hacia dónde se dirigiría el desarrollo exponencial de la cada vez más envolvente comunicación masiva.

Parados en el  presente se podría decir –a riesgo de ser injusto con muchos– que nadie imaginó que el verdadero cambio en los medios se produciría por la sinergia de toda una batería de dispositivos disponibles en un mismo ambiente tecnológico. Hoy queda claro que lo que realmente está cambiando la naturaleza de la televisión (la idea de canal, de programación), el visionado del cine y muchas otras cosas más, es la gama de posibilidades que brindan los nuevos dispositivos que permiten el acceso a toda clase de contenidos. Que yo recuerde nadie lo destacaba a principios de los ‘90. O si lo hacía, era siempre pensando en el privilegiado círculo de los países de Europa y EE.UU. Nadie podía imaginar que un país como Uruguay podía igualar o incluso superar la cobertura de Internet por habitante de aquellos países. Era sencillamente un delirio imaginar que aquí pudiera haber algo como el Plan Ceibal. 
Alguien podrá argüir con razón que no está dentro de la misión de las ciencias, y menos de las Ciencias de la Comunicación, prever y mucho menos acertar, pero lo cierto es que en aquellos años la inclinación por diagnosticar el futuro impregnaba casi todas las discusiones.
Actualmente los cientistas sociales no suelen hacer apuestas demasiado concretas. En parte es lógico, en 25 años hemos experimentado un incremento extraordinario en la comunicación tecnológica. El mail, el SMS, las redes sociales o el whatsapp o lo próximo que aparezca se han ido sumando sin eliminar a ninguno anterior. Aunque esto se sabía no deja de sorprender, sobre todo cuando se ve la magnitud y la multiplicidad de ese crecimiento. Pareciera que la necesidad humana de comunicar no se saciara nunca o por lo menos todavía no esté saciada: salvo el viejo télex todos los otros medios de comunicación, incluido el fax, la carta o el telegrama, siguen usándose en algún contexto. En cambio lo que sí tiene límite es la capacidad de atención. Es más fácil concentrarse en un solo tema que en muchos y cuando hay demasiados, la atención se debilita. Ante la catarata interminable de información la mente ya no se zambulle sino que “surfea” los temas que interesan. Entre paréntesis, esto se nota en las nuevas generaciones, que directamente ignoran la mayoría de los asuntos y se refugian en unos pocos. Ya no existe para ellos la presión de “estar enterados”, el deber que nos impulsaba a saber cosas que son “necesarias saber”. Al contrario, frente a ese enciclopedismo anterior han desarrollado, por oposición, un cierto prestigio de la ignorancia. “Eso no lo sé ¿y qué?” parecen decirnos –o lo dicen directamente– cada vez que nos escandalizamos porque desconocen datos elementales.
Como sea, en gran medida somos lo que atendemos porque donde está nuestra atención, allí estamos nosotros por entero (o al menos nuestra mente consciente). Ante el inmenso flujo de información que recibimos la pregunta es cómo jerarquizar, cómo decidir lo próximo a atender. Los jóvenes asumen una actitud que recuerda al autismo: saben muy bien que no es posible atenderlo todo y quieren atender lo que es de su interés. Quieren concentrarse. O dicho de otro modo, desde que existe Wikipedia el enciclopedismo está perimido y ya no se esfuerzan por alcanzarlo.

Dos anticipaciones contradictorias
Toda esto no es una requisitoria para señalar la debilidad de pronóstico de las ciencias sociales en algo tan dinámico como los medios de comunicación. Entre paréntesis, iba a poner el adjetivo masiva, pero pienso que con el desvanecimiento progresivo entre el espacio privado y el público, hasta ese calificativo está en cuestión. En rigor todo mensaje privado –sea enviado por un sms, email, whatsap o emitido en una red social– puede ser masivo. En una frase que marca nuestra época podemos decir que todo puede ser viralizado. Esto tampoco fue previsto en los años 90, cuando la reflexión iba hacia la defensa de la privacidad frente al avance del control estatal y corporativo. Nadie imaginó que ocurriría al revés, que serían los propios individuos los que expondrían todos sus datos personales en las redes sociales, difuminando la frontera, cada vez más lábil, entre lo íntimo y lo público. (Recuerdo que el consejo en aquellos años era proteger la dirección de email y darla solo a amigos y conocidos).
De aquella época rescato dos conceptos que en mi opinión han permanecido válidos y que se aplican al estado actual, y siempre cambiante, de la comunicación masiva en la segunda década del siglo XXI. El primero pregonaba que la creciente multiplicidad de canales implicaría una inexorable estratificación de contenidos y una segmentación del público cada vez más definida. Es decir, asistiríamos a una paulatina especialización en los programas de TV cable, destinada a segmentos de público cada vez más precisos y pequeños. Así se pronosticaban canales con contenidos exclusivos de –por ejemplo– jardinería, cocina, series policiales, noticias, bricolage, música, y un largo y variadísimo etcétera. Especialización de contenidos y segmentación del público eran la clave de un pronóstico que en parte se cumplió y seguirá cumpliéndose cada vez más.
El otro concepto iba en sentido contrario a este, porque desde una posición estructuralista y crítica del sistema capitalista se postulaba una creciente homogeneización de los contenidos. Esto se explicaría por varias razones que aludían a la capacidad infinita de reproducción ideológica del sistema, a la banalización de contenidos y al interés en promover un sentido acrítico, o al auge del posmodernismo, etc. También podría argüirse, más pedestremente, a la inclinación atávica de los hombres por imitar todo lo que tiene éxito. Y lo que tiene y ha tenido éxito es el entretenimiento.
Se anunciaba que el aumento de la cantidad de medios no implicaría un aumento de la calidad sino más bien lo contrario, conduciría a la homogeneización de contenidos. Parados en este presente lo que parece imperar en todos los canales y propuestas no es exactamente un contenido homogéneo, porque hay y hubo diversificación de contenidos, pero sí un tono similar, de consecuencias homogeneizadoras. En el célebre triángulo que rige todo medio (entretener, informar, educar) se ha desarrollado un solo aspecto en detrimento de los otros dos.
El tono actual de la radio
Tal vez esto explique el tono actual del espectro radial montevideano –o mejor dicho: de las estaciones que conozco como oyente–: todas parecen invadidas por un creciente tono festivo, informal, con una dicción cercana a la vulgar que intenta buscar un tono realista, de calle, donde lo espontáneo se privilegia frente a lo preparado o estudiado y donde se encumbra la salida humorística, o al menos ingeniosa, como el máximo desiderátum posible. Trátese del tema que se trate la mayoría de los conductores parecen buscar, y muchas veces lo consiguen, la emulación de una charla animada de boliche, donde la digresión es la regla y el espontaneísmo la norma.
Si es cierto que cada discurso construye su destinatario, resulta fácil concluir a qué público se dirige ese tono. Más allá de otras generalizaciones y sin caer en calificativos gruesos, parecería integrarse por personas con intereses muy básicos, probablemente con una capacidad de atención muy limitada –además, claro, de un sentido del humor bastante elemental. Gente que vive en un estado de dispersión casi natural, bajo la proliferación de medios que generan informaciones, noticias o novedades que son difíciles de absorber a cabalidad. Personas inteligentes pero distraídas, es decir, con sus capacidades intelectuales disminuidas.
Simple vs complejo
Una prevención metodológica: en general, cuando se habla de medios tendemos a expresar una tendencia vagamente moralizante que desemboca en discursos de tono apocalíptico. La experiencia demuestra que más que en los contenidos la mirada debería posarse en las relaciones que se generan a partir de lo comunicado. Es decir, del universo construido y de las consecuencias y actitudes que de él se desprenden.
A riesgo de esquematizar (todo lo dicho hasta ahora me resulta de una alarmante esquematización) habría que concluir que el universo que actualmente construyen la mayoría de las radios privilegia la simplicidad frente a la complejidad, al menos desde el punto de vista del pensamiento. Es claro que puede haber complejidades de otro tipo, por poner solo un ejemplo, la complejidad de capas de ficción que propone un reality show, o más cercanamente un reality fiction, donde la ficción varía según el rating de los últimos quince minutos, requiere de espectadores semióticamente entrenados para no “dejarse engañar” y poder disfrutar de cada ficción.
En los años ‘90 ya se mencionaba esa tendencia simplificadora pero es indudable que avanzado el siglo XXI, con la amplificación de las redes sociales, donde se producen verdaderas –aunque efímeras– olas de sentido, hemos alcanzado niveles inimaginables años atrás.
Con este panorama –ciertamente mucho más complejo que el trazado hasta aquí– la pregunta sencilla y terrible para cualquier periodista cultural es ¿existe interés[1], espacio u oportunidades para realizar un periodismo cultural sólido?  Me refiero, claro, a la cultura que no sea entertainment. Esa no tiene necesidad de ser defendida porque acapara casi toda la atención de este siglo XXI caracterizado, insistimos en la idea, por la dispersión.

Las oportunidades
La respuesta es claramente afirmativa, siempre y cuando pensemos en una fuerte segmentación de público, lo que permite una profundización en la oferta de los contenidos. Entiendo por profundización una propuesta de contenidos culturales sólidos, una apuesta sin temores a explorar y difundir lo que Umberto Eco llamó highcult o alta cultura pero sin despreciar u obviar algunos productos de la cultura de masas (estos términos todavía son funcionales, aunque el desarrollo mediático tienda una y otra vez a interseccionarlos). Si el programa es eficiente la penetración se profundiza. El diálogo radial que siempre se da en el “teatro de la mente” del destinatario de cualquier programa, se intensifica en un abordaje cultural (como ocurre con Sábados Sarandí, de Jaime Clara, verdadero referente en el tema, o con las diferentes propuestas culturales de Radio Uruguay y Emisora del Sur, por poner ejemplos conocidos).
En nuestro caso particular, y pedimos excusa por la autorreferencia, La Máquina de Pensar es un programa que va a contrapelo de la fragmentación y el vértigo imperantes, porque nos planteamos seguir temas semanales: un escritor, un libro clásico o actual, a veces un evento significativo (vg. la exposición de arte). En todos los casos cada día hablamos con un especialista diferente sobre el mismo tema. Como es inevitable, algunos conceptos básicos se reiteran, desde luego desde distintos ángulos, mientras que otros difieren. Al final de la semana poco importa si tal o cual cosa la dijo fulano o mengano, lo relevante es que el oyente ha generado y obtenido un retrato o un dibujo mental del tema abordado. Y cuando esto no se logra (está claro que hay semanas mejor logradas que otras) al menos ha recibido un buen cúmulo de información sobre un tema que previamente no se había planteado conocer.
La apuesta es alta por un factor que todavía no hemos mencionado: el de la creciente aceleración de la vida que, entre otras causas, nos imponen los dispositivos de comunicación. Cada vez conocemos más en menos tiempo, lo que necesariamente superficializa la información. Este aceleramiento es otra de las razones del bajo nivel de atención.
La Máquina de Pensar demanda atención –y muchas veces hasta silencio en el ambiente del receptor. Es decir, construye un destinatario abierto a una mayor complejidad de contenidos, lo que implica una cierta capacidad de elaboración para asimilarlos. Este esfuerzo se ve compensado por varios beneficios (aumento de la reflexión, mayor discernimiento, recepción de ideas y modos de pensar, etc). Vivir experiencias –reflexivas o vivenciales– ensanchan nuestra percepción; esa es una de las funciones del Arte. Está claro que el periodismo cultural no puede pretender equiparse a una disciplina artística, pero comparado con el clima mediático imperante se puede llegar a decir que tiene una función similar, o al menos subsidiaria, a la artística, de enriquecer la percepción.
 Por otro lado hay que tener en cuenta que no solo las telenovelas generan adeptos: asimilar información cultural compleja puede resultar un consumo más adictivo de lo que se imagina.

Las posibilidades del siglo XXI
Las condiciones para realizar un programa cultural se han desarrollado hasta lo inimaginable en la última década. Atributos como el enciclopedismo y la erudición a la manera de Borges (o de Umberto Eco) pertenecen a un mundo pre-internet y han sido modificados por la información que brinda la web. Para un periodista con buena base cultural –recordemos que la información es más accesible pero menos confiable– recursos como Wikipedia y similares representan una herramienta insoslayable. Hoy resulta casi imposible preparar una entrevista sin tenerlos en cuenta.  
Por otro lado los hispanohablantes corremos con una ventaja, el español es el segundo idioma más hablado del mundo. La radio requiere voz, no imagen (la construcción y registro de imagen conlleva problemas de producción, realización y edición) y el ciberespacio brinda posibilidades impensadas de contacto y entrevista con personalidades de la cultura. 
Otra virtud del medio es que permite desarrollar un discurso complejo dentro de la vida cotidiana. Al contrario de la televisión o de la navegación en la web la radio acompaña en las más diversas tareas del quehacer cotidiano, permitiendo generar un espacio para la reflexión. Por otro lado esta capacidad se ha desarrollado a extremos insólitos gracias a la cantidad de dispositivos que nos permiten disfrutar de contenidos radiales. La descarga de programas emitidos permite independizarse de los horarios de programación. Estas facilidades multiplican su potencialidad gracias a la posibilidad de ser compartidas a través de las redes sociales y actúan como un vehículo inmejorable para transmitir contenidos culturales complejos. Dan la posibilidad de reiteración –o de postergación de la recepción en espera del momento adecuado– y pueden amplificarse en el tiempo, ganando entidad a lo largo de los años, algo que no ocurre con otra clase de contenidos más coyunturales. A veces hasta eventos luctuosos como la muerte de un creador pueden reactivarlos.
El periodismo cultural en radio aparece así como una posibilidad excepcional de irrupción de contenidos complejos dentro de un universo mediático regido por una paulatina simplificación y por el predominio de la imagen. La palabra sigue siendo central en la radio. Asimismo el pensamiento continúa unido al lenguaje. La pauperización del idioma repercute necesariamente en la capacidad de reflexión. Tiene efecto simplificador. La lectura seguirá siendo la consecuencia, la causa y la fuente de todo periodismo cultural en las próximas décadas. Integrar palabras seguirá siendo una de las mejores maneras de adquirir lenguaje, o sea, de enriquecer el pensamiento. Es decir, la meta de todo periodismo cultural.

Pablo Silva Olazábal


del libro "Una mirada al periodismo cultural: Jaime Clara y Sábados Sarandí" de Claudia Amengual 
(Planeta, 2016), con artículos de Carlos Rehermann, Emma Sanguinetti y Pablo Silva Olazábal.
 



[1]Dice McQuail que: “El interés público potencial en la cultura también ha cambiado, más que desaparecido, incluso en esta era posmoderna, con menor énfasis en las normas tradicionales de calidad intelectual o artística y mayor en la autenticidad y en la relevancia para la identidad nacional, regional o grupal. El debate internacional sobre la comunicación que solía remitirse principalmente a las relaciones de desequilibrio y dependencia entre el Primer Mundo y el Tercero ahora también afecta las relaciones entre países dentro del Primer Mundo (por ejemplo, entre los países europeos o entre los Estados Unidos y un país europeo) y dentro de las propias sociedades nacionales, en las que una cultura metropolitana poderosa domina cada vez más a las culturas regionales, locales y minoritarias”. (McQUAIL, 1998: 446).