Reseñas sobre Pensión de Animales

Rubén A. Arribas plantea la novela como si  el inconsciente fuera "una pensión de animales raros con los que lidiar hasta convertirlos en literatura" vea la reseña aquí




Gabriel Peveroni ve afinidades entre Silva, Polleri y Trías aquí 


el suplemento cultural de El País:

PENSIÓN DE ANIMALES, Pablo Silva Olazábal. Estuario, 2015. Montevideo, 116 págs.


SE LEE a velocidad de viaje en montaña rusa. En pocos minutos varias historias se desarrollan sin dar respiro. Los capítulos están numerados según las piezas de la pensión, un lugar donde nadie respeta la prohibición de tener animales. Desde el altillo un "ángel borracho" mira y sufre en su intento por proteger a Laura, una mujer que corre por los pasillos dando golpes con frenesí a las puertas donde se ocultan esas historias. Es una novela ágil con irregularidades, como toda montaña rusa. Obtuvo mención en el Concurso Narradores de la Banda Oriental y fue premiada por los Premios Anuales del Ministerio de Educación y Cultura.


Una ficción bizarra

por Alicia Torres

Lo que Silva Olazábal hace es reacomodar la estructura del ángel caído en una nueva zona semántica: una pensión tan miserable que recuerda a la de Papá Goriot, aunque madame Vauquer está a años luz de la terrible portera de “Pensión de animales”, una mujer sombría de poderes infernales.


Sobre Pensión de animales, de Pablo Silva Olazábal, escribió Circe Maia: “La leí de un tirón, no podía dejarla. Es una novela original, extraña y compleja, pero que al mismo tiempo emplea un lenguaje muy accesible, muy nuestro. Todo lo que ocurre en ella tiene apariencia dual”. Tan cierta es la apreciación, que el concepto de dualidad se anticipa en la portada: el ángel de alas desplegadas y semblante de estampita luce un saco ajado y sostiene, displicente, un cigarrillo. La pintura integra la serie “Maltratado de ángeles y basiliscos”, del polifacético Luis Eduardo Aute, que al intervenir la iconografía consagrada pone en entredicho sus convenciones y coloca a los seres alados en lugares y posiciones no tradicionales.


La novedad es que la presencia angélica no se agota en la tapa del libro, sumándose Silva Olazábal a la antigua práctica de su literaturización. Lo que él hace es reacomodar la estructura del ángel caído en una nueva zona semántica: una pensión tan miserable que recuerda a la de Papá Goriot, aunque madame Vauquer está a años luz de la terrible portera de Pensión de animales, una mujer sombría de poderes infernales. 

De esta forma comienza la novela: “Ese que ven ahí, con el vaso en la mano, las alas raídas y la cabeza recostada sobre la mesa, soy yo, el ángel borracho. Estoy en la penumbra de este altillo, bajo esta débil luz por donde se desgranan finas motas de polvo y, aunque cierro los ojos, igual los oigo. Es un murmullo de pensamientos, un murmullo que aplasta la mente y el ánimo, anega el espíritu de plumas indelebles y vuelve todo irrespirable. Son ellos, los habitantes”. Silva Olazábal crea a su ángel con propósitos ajenos a la religión, parece, en todo caso, una intuición imaginativa. Entre su figura y la de la portera bascula la impronta del cielo y del infierno, del gran sueño y de la gran caída. La dualidad mencionada por Circe.


En la pensión está prohibido tener animales pero todos conviven con alguno, y en los huéspedes afloran rasgos de animalización. La narración no oculta, más bien subraya, la artificiosidad y el libre arbitrio de estas uniones, que atraviesan más de una dimensión y encaminan la historia hacia un marco laxo de género fantástico. Los sorprendentes hechos que protagonizan “los habitantes” emergen de un calculado sentido del ritmo que narra cada historia con múltiples detalles. Casi todas suceden en la intimidad de las habitaciones y en forma simultánea. Decía el personaje de “El Aleph”, de Borges, que lo que veían sus ojos era simultáneo pero lo que transcribía era sucesivo, porque el lenguaje lo es. Para construir a un narrador capaz de visión simultánea –una suerte de pantalla múltiple o panóptico sensitivo– Silva Olazábal recurre a la figura del ángel que lee el pensamiento de los seres humanos, y lo ilustra con algunas ideas desarrolladas por Swedenborg. En la novela Un retrato para Dickens, Armonía Somers inventó a un loro parlante como reencarnación de un demonio bíblico que termina recluido en el altillo de una casa de inquilinato desde donde practica un voyeurismo desaforado que lo registra todo. Valía la pena el cruce.

En Pensión de animales los narradores son diversos. Sus voces problematizan la relación de cada uno con los demás y con el espacio vital, propio y ajeno. Lo hacen en un sentido físico que depende del movimiento de sus cuerpos, de los lugares que llenan o vacían al desplazarse, del murmullo casi sólido de sus pensamientos. Sobrevolándolos, una muchacha desquiciada baja furiosa las escaleras, insulta, patea puertas, “lleva en los ojos la chispa de la santa indignación”. El único que percibe su rebeldía es el ángel. Los demás, pobres diablos entrampados en una mediocridad pegajosa, resentidos, vulnerables, pervertidos o incautos, la creen loca y sobreviven en el encierro de sus piezas, cada cual en su infierno, mientras el autor, obsedido por la indagación meticulosa de esas emociones y esos escenarios, y fascinado por el arrebato imaginativo que logra su ficción, pone en práctica una rara sensibilidad para observar la fragmentación dolorida de sus contemporáneos. Mientras tanto, todo confluye hacia un paradójico restablecimiento del orden, que aspira a devolver el caos a su lugar


Brecha, 20/11/15



Revista Relaciones



PENSIÓN DE ANIMALES


Una pensión puede ser alegoría de la vida y/o del mundo; todo o casi todo puede suceder allí entre unos seres que son mirados, sin saberlo, por un ángel que habita el altillo. Mirada del ángel que se confundirá con la mirada del lector, en una especie de panóptico benigno- si cabe el oxímoron. Cada habitación, incluyendo la de la portera- una bruja que no ejerce y que podría verse llevada a volver a su asunto- encierra una o más vidas como frágil protección ante un mundo o mundillo que se compone del resto de los inquilinos y los animales que parecen competir en participación y presencia.

Todo ocurre en diez minutos que se estiran desde una dimensión subjetiva intensa, al borde de su desborde, en que se cruzan vidas y destinos y teorías acerca de vidas y destinos. Como señala Circe Maia: “un mundo habitado por inquilinos animalizados por la rutina y mascotas de presencia casi humana”, habita esta novela originalísima.

Por momentos pesadillesca, por momentos francamente kafkiana, por momentos en aires de vecindad con algún texto de Clarice Lispector- particularmente con La pasión según GH, en la relación a la verruga roja de la cacatúa, asquerosa y que atrae sin remedio al inquilino de la 323A- en que lo que se repudia (en Lispector la cucaracha) puede atraer por igual y terminar por ser objeto de deseo. Un cartel de Se vende cuelga de la pared de una de las habitaciones de esta pensión que amenaza con ser la única posibilidad de vida para estos seres condenados. Se vende, como si se dijera “el último que se vaya que apague la luz”, como deseo de un fin que no sobreviene. Y las moscas omnipresentes, “pacientes, juiciosas”, pueden hacernos creer que estamos ante una película de terror en que: “...el zumbido de las moscas iría creciendo ahora en la mente del maníaco, se le irían sumando toda una gama de nuevos zumbidos, que subirían de volumen hasta llegar al paroxismo”. 

Pero no, se trata quizás de algo peor, o al menos igual de malo, de lo que no cambia en una vida, de lo que se acumula como basura u odio o los sueños incumplidos de un otro destino. Y para alguien un azucarero que casi no tiene valor, se ofrecerá como promesa de futuro por la que vale la pena arriesgarlo todo, real o imaginariamente poco importa. Sin duda será la bajada frenética de Laura por la escalera de la pensión, la que atraviese todo el relato, como si su furia imparable que se agiganta a cada paso condensase la de todos y estuviese destinada a precipitar los hechos en una suerte de acontecimiento definitivo e inaugural.

Habrá lugar para Swedenborg y una teoría que pone en comunicación a humanos con ángeles y demonios y para la comprobación de que el otro será siempre otro del que solo conoceremos un poco- demasiado poco- y para la conciencia de un perro habitado por una voz, que lo hace sospecharse habiendo sido humano y para una intimidad con animales que no excluye el odio o el pánico o los deseos asesinos; excelente relato que como señala Ignacio Echevarría, transcurre: “...con una velocidad extrañísima, como de cámara lenta”, “onírico e hiperrealista” a la vez.


Fernando Barrios Boibo

Relaciones Nº 376 setiembre de 2015



Comentario sobre la reseña de Fernando Barrios: 
Sobre esta reseña, un detalle no menor: la novela de Clarice Lispector que menciona el reseñista, La Pasión de G H también me la mencionó en su momento el propio Levrero hablando de la misma historia (que yo le presenté en el 2002 como cuento). Luego de elogiar ese cuento dijo Mario Levrero :

"Por otra parte, la intervención de Laura al final es aceptable, pero también fijate un poco si no fue una cierta comodidad de tu parte, porque ahí bien puede haber una novela. Al respecto, deberías leer "La pasión según G.H.", de Clarice Lispector, una de las novelas más fuertes que se hayan escrito, y que puede llevar a la locura a una mente frágil. Te aseguro que tiene puntos de contacto con este relato y que te mostraría cómo allí puede haber una bruta novela".





Pensión de animales


"Ese que ven ahí, con el vaso en la mano, las alas raídas y la cabeza recostada sobre la mesa, soy yo, el ángel borracho. Estoy en la penumbra de este altillo, bajo esta débil luz (…) y, aunque cierro los ojos, igual los oigo". Es este un ángel "desangelado" que vive, claro, en lo alto. Debajo, está el mundo de los otros, el de la pieza 323 A, donde vive alguien con un loro molesto, o el del 313 B, con un ser atemorizado en su cama, o el de la portera más vieja del mundo. La pensión es un infierno con una advertencia en la entrada, que nadie respeta: "En este edificio está prohibida la tenencia de niños y animales". En la tapa de la novela hay una ilustración de un ángel de saco sport y pucho en la mano. Es del cantante Luis Eduardo Aute, también autor de los versos:"Cómo escapar/ cómo escapar de esta sombra/ que solo se nombra en la oscuridad".

                                      Semanario Busqueda 
5 agosto de 2015



La ONDA digital Nº 730



Los conflictos de la aldea social

Las paranoias individuales y colectivas propias de un tiempo de incertidumbre en un territorio signado por el hacinamiento y la más desaforada exacerbación, constituyen el removedor disparador temático de “Pensión de animales”, el nuevo libro de cuentos del escritor Pablo Silva Olazábal, publicado por Estuario Editores.

Este nuevo trabajo del autor, que obtuvo el segundo premio de Narrativa Inédita en los Premios Anuales del Ministerio de Educación y Cultura en 2012, indaga en diversas patologías sociales asociadas a las relaciones humanas, que discurren cotidianamente con mayor intensidad en espacios físicos acotados.


PENSION DE ANIMALES

No en vano la escenografía de estas historias es una pensión, un inmueble compartido destinado a albergar personas de escasos recursos económicos que no pueden financiar el arrendamiento de una casa.

Pese a los sustantivos avances registrados en la última década y a los múltiples programas vigentes tendientes a viabilizar el acceso al techo propio, estas situaciones siguen siendo habituales por el cuasi crónico déficit de la cobertura habitacional.

Por supuesto, habitar la pieza de una pensión supone siempre renunciar a parte de la libertad individual, porque allí el usufructo del espacio está radicalmente acotado.

En este caso, no está en juego la propiedad en sí misma, sino el inalienable derecho del ser humano a gozar de su propia intimidad, seriamente jaqueada por compartir experiencias cotidianas con desconocidos que afrontan sus propios dramas y dilemas.

En tal sentido, el propio título del libro, “Pensión de animales”, da cuenta de situaciones casi siempre insólitas, que discurren entre la limitada racionalidad y la más exasperante de las irracionalidades.

Aunque esté expresamente prohibido poseer animales o bien mascotas, entre esas cuatro paredes divididas por compartimentos estancos que cobijan otros tantos micro -mundos, hay realmente animales en abundancia.

Si bien en estos ambientes interactúan perros, gatos, cacatúas y otras especies y también alimañas, sin dudas el más problemático de los animales es el ser humano, ese homo sapiens devenido en el más temible predador de la naturaleza.

Empero, más que una pensión en sí misma, este es un auténtico zoológico sin rejas físicas, entrecruzado por el caos generado por seres casi siempre desencantados.

Narrados siempre en primera persona, los relatos indagan en tensiones inherentes a seres humanos atribulados, que sobreviven como pueden en condiciones ciertamente bastante indecorosas.

La propia portada, que reproduce una pintura del cantautor español Luis Eduardo Aute, es ciertamente bien representativa de la pátina de magia cuasi onírica que recorre toda la obra.
 
En efecto, la pieza pictórica del artista español- quien es un amigo íntimo del autor- representa a un ángel por supuesto asexuado enfundado en ropas humanas, que es también protagonistas de estas narraciones.

Identificando cada capítulo con el número de puerta de cada cuarto de pensión, el autor indaga en las psicologías más bien enrevesadas de los personajes.

De algún modo, todos son protagonistas de historias cotidianas que insumen apenas diez minutos, aunque el propio curso literario haga suponer lo contrario.

No en vano estas peripecias humanas transcurren en una época indefinida o no explicitada que el lector supone contemporánea, donde están literalmente borradas todas las temporalidades.

Aunque la materia prima de todos estos relatos sea en definitiva la ficción, evidentemente casi nada de lo que sucede en esa pensión de mala muerte es ajeno a la realidad.

En efecto, todos los personajes nacidos de la pluma del autor son seres de carne y hueso como cualquiera de nosotros, que interactúan en una escenografía de tensiones y conflictivos.

En tal sentido, las habitaciones fungen como meros refugios que cobijan sueños compartidos, pero también frustraciones y recurrentes desencantos.

Hay enojos y salidas de tono, como esa joven que baja furiosa las escaleras y en el trayecto golpea puertas e insulta por doquier, corroborando que -cuando se pierde la paciencia- ya no existen los límites.

Como si se tratara de un mero fisgón, Pablo Silva Olazábal atisba furtivamente por el ojo de la cerradura de esas acotadas y claustrofóbicas piezas, donde conviven la risa, el llanto, el silencio, la lujuria y las peleas, todas compulsiones bien humanas.

Ello transforma al autor en una suerte de antropólogo y retratista, que muta a esta pequeña comunidad en una suerte de aldea en pequeña escala y en un espejo de una sociedad que mastica sus propias frustraciones.


Hugo Acevedo



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