Instantáneas

Reseña sobre Lo más lindo que hay en La Diaria 
La editorial Outsider publicó el quinto libro narrativo de Pablo Silva Olazábal. Luego de las ediciones de los relatos de La revolución postergada y otras infamias (2005) y Entrar en el juego (2006) y de las novelas La huida inútil de Violeto Parson (2012) y Pensión de animales (2015), se publica en formato digital el volumen de cuentos titulado Lo más lindo que hay.




Instantáneas

La editorial Outsider publicó el quinto libro narrativo de Pablo Silva Olazábal. Luego de las ediciones de los relatos de La revolución postergada y otras infamias (2005) y Entrar en el juego (2006) y de las novelas La huida inútil de Violeto Parson (2012) y Pensión de animales (2015), se publica en formato digital el volumen de cuentos titulado Lo más lindo que hay. Outsider tiene como finalidad la difusión de libros narrativos en este tipo de formato y destina parte de sus ingresos por descargas mediante internet a futuras ediciones de esos libros en formato tradicional. En 2014, este volumen obtuvo la Mención de Honor en el Concurso Lolita Rubial y una Mención en los Premios Anuales de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura.
Los 12 textos reunidos se caracterizan por la presencia de un narrador en primera persona, excepto “Pupila feroz”, un cuento que puede catalogarse como fantástico, precisamente por la distancia en la narración, que da credibilidad al relato que transcurre en “la zona de la Costa de Oro”, donde pueden abrirse “Universos Paralelos” y un individuo convertirse en individuos infinitos para juzgarse moralmente con dureza, como lo hacen todos los protagonistas de los cuentos.
En otros relatos se describen atmósferas extrañas, posiblemente explicadas por el sueño o el alcohol, como en “Negro absoluto”, en el que la oscuridad extrema en un refugio entre montañas aguza los sentidos del narrador con minuciosas descripciones.
En muchos casos, podría ser la distorsión en las percepciones de los narradores (o de personajes que insertan sus narraciones) lo que permite la emergencia de acontecimientos insólitos, como el vuelo sutil de un hábil delantero para evitar una quebradura asegurada por la patada del back del equipo contrario en “Presencia en el área”, o la extraña sospecha del protagonista de “Golpes en el sótano” sobre el origen de los ruidos en su casa. Este narrador, ya un adulto joven, no baja al sótano porque su madre, muerta hace dos años, no se lo permite. El problema de la rigidez de los juicios morales, la denuncia a la autoridad (como en el cuento “Los contrabandistas”) o las prohibiciones, impuestas generalmente por la familia, se repiten continuamente, siendo estas últimas planteadas de forma explícita en “Zapatos blancos”, un cuento narrado por un niño.
Todos los narradores difieren entre sí. Varios de ellos tienen voces infantiles y otros son adolescentes o jóvenes que deben aceptar con severidad los convencionalismos sociales, como el hecho de tener oído pero no voz en el ámbito del bar: “Todos me miraron. Sentí una patadita por debajo de la mesa. Seguro el Chueco pensando ¿otra vez de vivo? Los gurises no opinan, y menos cuando ellos todavía no han elegido el tema” (pág. 66). En otros casos se destacan las presiones familiares, como en “El retrato del abuelo”, en el que una tía y un sobrino se ven sacudidos por el vértigo momentáneo de una fuerte atracción.
La voz infantil puede leerse en el cuento “Cosas halladas en el ala de un mamboretá”, en el que el niño protagonista se expresa así: “a mi abuela en aquel entonces le decían China, todavía le dicen, se ve que el tipo ese la hacía rabiar, pero lo peor de todo era que a la pobre le gustaba el hermano mayor de ese tipo, creo que se llamaba Camilo Castillo, un tipo de bigotito fino que siempre andaba de negro y que nunca, pero nunca, la invitó a un baile” (pág. 53).
Los narradores presentan diferencias en sus lenguajes, distinguiéndose por sus orígenes culturales, sociales o etarios. En la mayoría de los relatos se registran términos cercanos al hablante uruguayo o montevideano, y también son fácilmente identificables los escenarios de los distintos pueblos, balnearios y paisajes donde se desarrollan los acontecimientos. Sin embargo, esto no ocurre con el entorno montañoso de “Negro absoluto” ni con algunos términos utilizados por el narrador de “El retrato del abuelo”, que menciona “naipes” por “cartas”, “sostén” por “sutién” y “calcetines” por “medias”. Todas estas marcas indican las distinciones entre los personajes narradores.
Muchos de los relatos presentan historias mínimas que tienen una duración de apenas unos minutos o, como en el caso de “Sincronía de paraguas” o “Vida amorosa de Thelonious Monk”, sólo algunos segundos.
El lector no conoce el pasado ni el porvenir de los personajes, sino que descubre simplemente un instante de sus vidas, como en el primero de estos cuentos mencionados, en el que se relata el cruce de una calle en la insólita percepción de su narrador: “De inmediato sospeché que algo no andaba bien: la normalidad suele ser el primer indicio de rareza”(pág. 24). En cambio, para el personaje narrador de “El único futuro en vista”, de quien sí conocemos un pasado y un porvenir, su vida se ha convertido en algo inmóvil: “Aquí sigo desde entonces, solo, contando el tiempo y poca plata -acá todo el mundo conoce su futuro-, tirado en la cama, agregando con el humo nuevos combatientes a la estática batalla de las manchas de humedad. Todo quieto, impávido, previsible, como si nada fuera a ocurrir ni hubiese ocurrido” (pág. 33).
El cuento que le da nombre al libro, “Lo más lindo que hay”, puede tener una clave para la lectura de estas instantáneas de los personajes como parte de un todo a la vez estático y en movimiento: “Según el día algunas veces pienso una cosa (por ejemplo, que ese partido fue el origen de todo), otras que no, que todo empezó a desbarrancarse con las palabras de mi mujer, que de algún modo tiñó de presagios oscuros lo que era un simple picado en la playa. Pero luego pienso que nada de eso es cierto. Por más vueltas que le doy, todo es un divague. El destino no termina ni empieza nunca. Como decían los griegos, siempre se está tejiendo” (pág. 44). ■

Pablo Armand Ugón